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Guillén regresa de España

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Guillén regresa de España

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Invitado por el Partido Comunista Español, el poeta Nicolás Guillén acaba de pasar 10 días en España. Si nos atenemos a las afirmaciones de los críticos y especialistas madrileños, Guillén es el único poeta activo de habla hispana que parte de la más pura tradición de los clásicos españoles, Entonces, el poeta cubano habría hecho un viaje a uno de los dos puntos clave de los que surge su obra cubanísima. El otro es África. Durante su mansión española, entre los amigos que conoció bajo el fuego de la lucha por la República, a finales de la década de los 30, frente a los mismos paisajes de aquella época, Guillén reabrió un diálogo que se inició hace ya 40 años con España. Así, en su nuevo anecdotario español el poeta incluye la del obrero que durante un recital le pedía a gritos su poema El abuelo; el diálogo franco y erudito con el poeta Dámaso Alonso, presidente de la Real Academia de la Lengua; el abrazo al hermano Rafael Alberti y otros aspectos interesantes de su viaje, que ponemos ahora frente al lector cubano.

Raúl Rivero

—¿Qué impresión produjo en usted la fiesta del Partido Comunista, como fenómeno de masas y como hecho artístico?

—El encuentro con España, o mejor dicho con el pueblo español, fue para mí un impacto poco menos que irresistible. Si bien yo había estado en la península cuando la guerra civil, era esta vez la primera que tenía contacto con las grandes masas trabajadoras. Sin pérdida de tiempo me fui a la Casa de Campo, que era frente de batalla durante la guerra civil, y que yo conocía desde entonces. Ahora estaba materialmente ocupada por una interminable fila de kioskos donde se vendían las cosas más variadas: juguetes para niños, billetes de la lotería, o de rifas, dulces, ropas de vestir para hombre y para mujer, etc., todo con pregón y pregonero, muy a la española. Pero lo que me causó un hilarante asombro fue ver que entre esas mercancías se enroscaban miles y miles de libras de embutidos, procedentes de los puntos más clásicos de España en ese sentido. Me metí en el gentío, y bien pronto mi automóvil fue rodeado por un inmenso público que gritaba “¡Fidel, Cuba, Cuba, Cuba!”, y como el paso de nuestro vehículo era muy lento a causa de esa misma multitud me sentía constantemente asaltado por el vago temor de que mi coche fuera volcado… amistosamente.

Estas fiestas del PCE duraron tres días, incluyendo la clausura política y el gran acto artístico que la subrayó. En ellas participaron músicos, cantantes, actores escritores, pintores, etc., cada uno de los cuales aportó el fruto de sus experiencias, o simplemente de su buena voluntad. En este punto es preciso decir que el programa artístico resultó tan emocionante como original. Según los “videntes y oyentes”, lleváronse las palmas del éxito Rafael Alberti, que estuvo muy simpático como animador; Ana Belén, con su cuerpo fino y vibrante, Víctor Manuel y este humilde concurrente. Ana Belén cantaba poemas míos recitados por mí antes, en una especie de alimón que entusiasmó al público. Todos los actos se desarrollaron en un gran espacio abierto en que cupieron más de cien mil personas. A decir verdad, Ana Belén es muy bonita, muy buena actriz y canta muy bien, por lo que todas las miradas se volvían hacia ella. Alberti y yo, finalmente, dijimos siete décimas en la misma forma alterna en que las recitamos hace dieciocho años en un acto en la CTC, aquí en La Habana. Por cierto, que, accidentalmente, ahora se produjo un apagón, que no estaba en el programa, pero el festival continuó, y aquella multitud —cogidos de las manos hombres y mujeres, y tal vez pensando en algo peor— comenzaron a cantar La Internacional, mientras enarbolaban papeles encendidos. La parte política del acto fue breve y con ella se clausuró el mismo. Pronunciaron sendos discursos Santiago Carrillo y Sánchez Montero. Éste, que habló en primer término, atacó duramente a la televisión española por haberse negado a transmitir aquella fiesta, limitándose cuando más a insertar algunas vistas fijas de pequeño tamaño. Hay que añadir que desde mi llegada el PCE me trató con gran cordialidad y afecto, y se me sentó en la tribuna en lugar de honor junto a Carrillo, López Salinas, Jerez, Marcelino Camacho, Pasionaria, que pronunció con voz firme una breve alocución, y Santiago Álvarez, este último tan recordado desde su estancia en Cuba.

Guillén con Ana Belén y Víctor Manuel.

—La cantante Ana Belén grabó en Madrid un disco de larga duración con 24 poemas suyos, musicalizados. Sobre el terreno, ¿qué ha significado ese hecho para la difusión de su poesía en España?

—Sí, hace algún tiempo Ana Belén grabó no uno sino dos discos de larga duración con 24 horas poemas míos, los cuales se cantan y recitan en toda España y aún fuera de ella. La música de estos discos está compartida por Víctor Manuel San José y Sergio Aschero. Su éxito ha sido enorme, pero ninguno tan grande como el que ha tenido y tiene La Muralla.

—¿Estuvo usted esta vez en Barcelona? Si es así, ¿puede decirme qué impresión le causó?

—Bueno, yo no quería irme de España sin visitar a Barcelona, donde viví algún tiempo durante la guerra civil, y hacia allí partí en una mansión que duraría sólo unas horas. Con todo, se hizo una recepción extremadamente simpática en el local del PSUC. Llovía torrencialmente, pero la gente afluía y al cabo el local resultó pequeño. Habló López Raimundo. Todos querían saber de Cuba y de Fidel. A la recepción siguió una comida bohemia, en un restaurant popular, ya muy entrada la noche, y donde hubo canciones, chistes y todo lo demás que ocurre cuando hay buen humor. Por cierto que aunque mi estancia fue muy breve, como ya he dicho, Barcelona me atrajo como siempre por su fuerza delicada y su ímpetu creador. Me sorprendió mucho el mozo de la carpeta del hotel “Gotic”, que no llevando yo conmigo el pasaporte, pues lo había dejado en Madrid, me perdonó el trámite alargándome un libro mío, de la edición argentina, para que se lo firmara; luego me preguntó: ¿Cómo está don Fidel? Al siguiente día, temprano, volví a Madrid, ya en la víspera de mi regreso a Cuba.

—Usted sostuvo una interesante conversación con el poeta Dámaso Alonso, presidente de la Real Academia de la Lengua. Pienso que sería útil reproducir aquí ese diálogo, claro si usted está de acuerdo…

—Conocí en este viaje a Dámaso Alonso, presidente de la Academia de la Lengua. Es un hombre pequeño y vivaz, que nació hace ochenta años en Madrid. Es Licenciado en Derecho y Doctor en Letras, y sobre todo poeta, hondo y fino poeta. “La poesía es un fervor y una claridad”, suele decir. “El deseo íntimo y fuerte de una unión con la gran entraña del mundo y su causa primera”, ha escrito alguna vez. Acaba de publicar un importante ensayo sobre la Epístola Moral a Fabio, joya de la literatura del siglo de oro español, como es sabido.

Dámaso Alonso tuvo la generosidad y cortesía de irme a ver a nuestra embajada. Al llegar me preguntó con la mayor desenvoltura: “¿Nos tuteamos?”, y yo, que casi lo alcanzo en edad, le contesté riendo: “Por supuesto, nos tuteamos”. En seguida se anudó una charla viva, como si nos hubiéramos conocido desde hacía mucho tiempo.

Después pasamos a hablar de algo que me pareció que lo preocupaba, y es el destino de ciertas academias de la lengua correspondientes de la española. Concretamente el caso de Cuba, cuya academia no funciona, pues dejó de hacerlo a partir del derrumbe de la dictadura de Batista. Sin embargo, ya a esta altura de la conversación me pareció mucho más práctico prometerle un breve cuestionario sobre puntos concretos, no sin interés, relacionados con la lengua española, que él conoce muy bien, como nadie ignora. Dámaso Alonso consintió en ello, y he aquí mis preguntas, con sus respuestas, que me entregó apenas unas horas después de habérselas pedido.


Dámaso Alonso responde a Nicolás Guillén

—¿No es limitación el hecho de que el Diccionario de la Academia carezca de datos biográficos de personajes célebres, o geográficos, o también de ejemplos para reformar y vitalizar ciertas definiciones que aparecen en el propio diccionario?

—Creo importantísima la creación y propagación de diccionarios enciclopédicos en un tomo fácilmente manejable, como es por ejemplo el Petit Larousse en lengua francesa. Los diccionarios de esa especie son muy útiles para una amplia y rápida difusión de la cultura: claro está que en ellos tienen que figurar los datos biográficos de personajes célebres, datos geográficos, límites entre países, corrientes literarias, etc. Por el contrario, los meros diccionarios de una lengua sólo deben dar esos datos cuando la palabra definida haya sido un nombre propio o derive de él, verbigracia: un (ilegible), el (ilegible). Éste es el uso que siguen los mejores diccionarios de lenguas extranjeras, como el Webster, o el de Robert Ricard. Sería, sí, muy conveniente, como dices, la utilización de ejemplos “para reforzar ciertas definiciones que aparecen en el propio diccionario”. Creo que el de la Real Academia debería hacerlo así. No basta con dar una definición del sentido de una palabra: convendría elegir ejemplos que mostraran la usual asociación con otras voces, sin omitir las más frecuentes.

—¿No llegaremos a efectuar los pueblos de América Latina y su antigua metrópoli un acuerdo respecto a las diferencias filológicas entre sí? Yo estaba en Brasil, hace veinte años, cuando un hecho de esa naturaleza, según me parece recordar, se produjo oficialmente. Se aceptó entonces la existencia del portugués y del brasileño. Algunos traductores ingleses, cuando se enfrentan a textos norteamericanos, dicen siempre “traducido del norteamericano”. ¿Llegaremos a decir traducido del cubano, del argentino, etc.?

Don Dámaso Alonso.
Manuel Pereira, tomada de Cubaencuentro

—Creo que lo más importante es la conservación no sólo de la unidad multinacional de nuestra lengua, llamémosla español, castellano o lengua nacional. Esto es lo que es interesante desde el punto de vista humano y social: conservar no sólo la posibilidad de la clara intercomunicación de una masa de hablantes que a principios del siglo XXI excederá de los 500 millones, sino mantener la idea misma de la comunidad del habla mediante la unidad de su designación. Esta unidad básica no se opone a la conservación de los modos expresivos peculiares a cada una de las naciones de la comunidad hispanohablante. Por ejemplo: ha habido gramáticos que han querido vetar el empleo del tratamiento de vos, usual en la república argentina (y en otras). No se debe rechazar lo que sale del sentimiento afectivo. El vos pertenece a la esfera de la amistad, del amor de las relaciones familiares: es un uso consagrado y sagrado. Lo mismo sucede con los afrocubanismos, etc. Pero la conservación de la unidad básica de todos los que hablamos nuestro idioma es necesaria para la preparación de la cultura en ese enorme territorio, para la mejora de las relaciones mutuas de esa veintena de países, y en fin, tiene una gran importancia social para el progreso hacia una vida de todos más justa y más feliz.

—¿Tiene la Academia alguna nueva política con vista a academias correspondientes en América? En Cuba, la correspondiente la española desapareció después de la Revolución, como hemos dicho.

—Creo que la Academia Española participa en los mismos deseos que yo personalmente tengo de la vivificación de todas las que forman nuestra Asociación de Academias de la Lengua (hay una en cada nación hispanohablante). En todas hace falta que junto a los mejores escritores figuren los filólogos más competentes del país. La misión de la Asociación de Academias tiene que velar por el futuro de esa unidad básica de la lengua. Quisiera que la Academia Cubana participara en esa vivificación; que entraran en ella los mejores escritores de Cuba y hombres modernos y competentes en cuestiones de lenguaje. Es lo que he procurado hacer en la Academia Española y creo que en buena parte lo he conseguido.

—¿Puede darse el caso de que el español desaparezca “individualmente” refundido en otras lenguas, como pasó con el latín vulgar y las lenguas a que dio origen?

—El español terminará por desaparecer lo mismo que todas las grandes lenguas del mundo. Pero esto ha de ocurrir en una época enormemente alejada de la nuestra. Hace tiempo que junto al concepto de la Prehistoria, uso el de la Posthistoria; llamo así a lo que ocurra en un futuro lejanísimo, tan fuera de nuestra cultura como lo está el pasado de la época de las cavernas.

Pero dentro del marco de nuestra época, es decir, de nuestra cultura, a la lengua que nosotros hablamos le espera un porvenir glorioso. Esfuerzo de todos nosotros (y especialmente de las Academias) ha de ser que la conservación de ese futuro dure muchos siglos y la comunidad de nuestra lengua sea durante ellos un valioso elemento para la difusión de la cultura, la hermandad entre nuestros pueblos, y una mejora social que alcance a los hombres en todos ellos.



Leído por María Antonia Borroto.
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