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Divagaciones psico-electorales

Divagaciones psico-electorales

Lector: si no has cumplido ya con el deber ineludible de votar, señalando en la gran boleta australiana (sic) los candidatos de tu agrado, no sigas leyéndome y dirígete al colegio electoral de tu barrio, en donde con grandes halagos te harán el amor, pasajero y mentiroso como casi todos los amores, infinidad de agentes al servicio de los partidos políticos. No hagas caso de sus melosas ofertas, ni de las breves y románticas apologías que oigas de los candidatos; no te dejes seducir de nombres pomposos, de pueriles y vulgarísimos anuncios, pegados a la pared, como los avisos de los teatros, con el busto del principal actor en tinta roja; ni te imagines, tampoco, que todo aquello que ves responde a una verdadera formalidad digna del acto elevado, trascendental y muy patriótico que se realiza. Oye sólo la voz de tu conciencia, si la tienes, y juega al sordomudo, haciendo un poco el tonto. Hay veces que es preciso disfrazarse de tonto —créemelo— para no incurrir en delito. Previsto el caso por la ley —en este sentido ley muy sabia— las fiestas patrióticas de hoy van a la cola del carnaval, y aun se permiten los disfraces.

Pero ¿he de decirte yo lo que son elecciones? Es preciso vivir fuera de la realidad —como es uso decir— para no entender de estos achaques que constituyen el gran atractivo de nuestra existencia como nación. Se necesitan nuevos legisladores, y los elige el pueblo: formamos tú y yo, querido lector, parte del pueblo, y nos toca un tanto de responsabilidad en el asunto. La República conviene en que la mayoría elige sus representantes, y dentro de esa mentira política, tan admirablemente analizada y estudiada por Max Nordau, hemos de vivir conformes, a riesgo, si no, de que lluevan piedras sobre nuestras pobres y débiles cabezas…

Acepta lo convenido y finge que ignoras que los Representantes deben a muy exiguas minorías sus asendereadas actas, sin necesitar para nada de estas tres condiciones que se ponen en juego fraudulentamente: capacidad, popularidad, patriotismo. Las elecciones, desde el punto de vista filosófico, son un grave error, debido más que a la habilidad de los audaces, a la afición ingenua que los pueblos latinos sienten a los discursos gárrulos, pomposos, vanos y melifluos de los que tienen por oficio el muy divertido de apacentar los votos del pueblo; y sin someterse a estas duras prácticas de la política, no se llegará nunca a los puestos electivos. “Wyclif y Knox, Huss y Lutero, Arnoldio de Brescia y Savonarola —exclama Nordau— han ejercido, seguramente, una acción profunda en grandes masas de hombres; han excitado un odio violento al mismo tiempo que un amor apasionado. No obstante, creo que ni ellos, ni Rousseau, Goethe, Kant o Carlyle hubiesen jamás obtenido por sus propios recursos, sin apoyo de una comisión electoral, la investidura de diputado.”

Para el lector vulgar, para uno cualquiera que saquemos de la gran masa muda que decide de los problemas políticos al ejercer inconscientemente un derecho que a conciencia le concede la ley, el candidato es un gran misterio, un misterio casi divino. Él no conoce al candidato, pero... ¿puede ser ése un obstáculo cuando apenas conoce a nadie? Oye decir que es buen patriota... y debe creerlo. El patriotismo es, después de todo, cosa bastante fácil, sobre todo cuando no es menester probarlo con la vida, sino con la palabra. A Dios se le forja a imagen y semejanza del hombre; a los candidatos se les forja a imagen y semejanza del pueblo. Y viviendo, como vivimos, en plena época de incredulidad y escepticismo, se cree más fácilmente en las bienaventuranzas que ofrecen en la tierra los candidatos, que en las que ofrece Dios en el cielo. Dios, al lado del candidato, aparece, pues, algo pequeño. En un instante de lucidez, que se borra muy pronto, el elector vulgar se siente perplejo y repite, intuitivamente, los viejos conceptos de Xenófanes, aplicados a los candidatos: “¡Gran Dios! Por más que te queremos idear no podemos comprenderte, ni mucho menos describirte. Cada uno te atribuye diversos atributos: las aves dicen que vuelas por los aires, los toros que tienes cuernos temibles, los leones te conceden dientes desgarradores y los caballos que corres a galope por los campos”. Dios y el candidato se presentan a nuestra vista (a la mía, a la del vulgo) con caracteres igualmente difusos; pueden tener, como emblema, uno mismo, el que Timeo de Locres, citado por Voltaire, representa por medio de esta idea: “Es un círculo cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no está en ninguna”.

La religión del sufragio cuenta, sin embargo, (con) sus devotos. Hay quien, en días como el de hoy, echa su humanidad al arroyo, y la pone a disposición de los garrotes, y hasta de los tiritos del enemigo. Él no es candidato, ni va a obtener ventaja alguna con el triunfo de los que lo son. Pero lleva su inútil y belicosa buena fe a una estérilmente heroica. Sus sacrificios no valen nada; no traspasa el heroísmo anónimo que alguna vez conmueve la lira del poeta; y si no se le han premiado, sus merecimientos, en la tierra, menos se le premiarán en el Cielo. Yo creo que estos héroes, si después de muertos nos vamos con el espíritu a alguna parte, tienen en el Limbo su silla eterna.

De seguro, lector, que ardes en deseos de preguntarme si yo voto, esto es, si pienso votar o he votado ya. Me adelanto a tus deseos y te informo, sincera, honrada y lealmente, de lo que hago y pienso hacer. Muy tempranito, antes de que caigan estas cuartillas en tus manos, me habré dirigido a la mesa electoral de mi distrito, y habré votado por mis amigos. Con motivo de cualquier indicación que me haga el primer agente que tropiece al paso, expreso mis teorías sobre las elecciones; pero no como a ti, lector indiscreto, te las digo, sino del revés, haciéndome el que come la castaña muy tranquilito, camino de Babia… Si la ocasión se presta, pronuncio mi discursito retórico, inflado, despectivo para los del partido opuesto, y planteo mi problema burocrático en estos términos: “Quede sembrada, en los comicios de 1904, mi candidatura de 1906; preparar vuestros ganados votos ¡oh pastores electorales! para la futura cosecha en que pienso entrar a partido; y admirad, desde ahora hasta entonces, el inmenso sacrifico de mi persona con que me he iniciado en la vida política”.

Me tendrás, desde hoy, lector, convertido en todo un orador de mitin, más constante que la gota de agua que erige las bellas estalactitas; más abundoso que los mares rizados de espumas que hinchan las olas; más enérgico que los rayos de Júpiter; más profundo que la infinita bóveda celeste. Mi palabra llenará el espacio, apagando, con el ruido de su retórica artillería, la gárrula desencajada, febril, rutilante, que atraviesa la obscura callejuela arrullada por una guitarra guajira… Mi palabra, tan sublime como la del mismo Demóstenes, convencerá más a los electores que la de cualquiera de nuestros Cicerones de la última hornada… Llevaré, en la campaña, mi chacal Anubis, para espantar al enemigo, y en mi voluntad el poder supremo de pintar a mi pueblo el arco iris de la victoria en el horizonte sonriente de su estéril y belicosa buena fe…

Pero, en el instante de sentarme en mi butaca de la Cámara de Representantes, vuelvo en mí, como si despertara de un sueño fantástico, o regresara de un país misterioso, en donde la tierra tiene olas, como el mar, y los seres, a capricho, afectan la forma que les parece: quien viste de Moisés, quien de hiena…

¡Ah, ya recuerdo! Es que aún estamos en carnaval, y antes de llegar los electores del 28 de febrero (de 1904), han pasado delante de mí algunas comparsas de monigotes, que bailan africano al son de una música triste, soñolienta, que va dejando caer sus notas en la tierra y que al caer, suenan como si se quebrasen… Entre las sombras de la noche, más oscura en esta ocasión que de costumbre, veo perderse las máscaras y los coloridos de los disfraces, y cuando ya no les veo, porque se ha tragado sus siluetas la noche lóbrega y cruel, llegan aún a mí, impulsadas por las sombras, aquellas notas musicales que se quebraban en la tierra, y vienen a clavarse en mi pensamiento, lentamente; y como si por arte de exaltación misteriosa, sus gritos chillones se tornaran en ritmos de la noche, me van pareciendo harmónicas, apasionadas, suaves…

Me detengo, asustado, a discurrir, y bien pronto hallo explicación de todo aquel enigma. Pobres y aladas esperanzas mías, que cruzáis por mi mente como alegres mariposas, que os he visto sin color y sin vida, pegados a mi hoja de servicios patrióticos y políticos; más deleznable que nuestra vida es aún cuanto encierra el corazón más vigoroso; y aun así, torturáis mis horas de ocio con tímidas filosofías, para hacerme en las agonías del Carnaval, el más risible de los disfrazados… ¡Indigna venganza os tomáis de mí, porque fui débil para conservaros la existencia…! Dejadme en la buhardilla a donde fuisteis a sorprenderme, para envenenar mi inteligencia…

El día amanece más alegre que mi corazón. Va resucitando dentro de mi ser, el espíritu que combatió triunfante a los azares de la existencia; y al fin me doy cuenta de la pregunta con que me despierta un fervoroso liberal que agita la aldaba de mi puerta:

—¿Todavía no ha votado usted?

Me preparo a votar por mis amigos y comienzo a reírme de las notas harmónicas, apasionadas, febriles, que me enviaban las pícaras sombras burlándose de mí…


Tomado de 
Alrededor de nuestra psicología. La Habana. Imprenta Avisador Comercial, 1908, p.19-28.

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