El ilustre Arzobispo de Cambray nos aconseja sabiamente que no rebusquemos conceptos, ni nos sujetemos servilmente a determinadas fórmulas, cuando nos dirigimos a nuestro Padre Celestial. La Oración no debe tomarse nunca como penoso y forzado tributo impuesto a nuestros labios; sino como santa necesidad del alma, aspiración del espíritu que busca su centro, sagrada o íntima comunicación entre la criatura capaz de conocimiento, de amor, de perfectibilidad, y su Criador benignísimo que quiere que le conozca, que le ame, que le imite, para que alcance la perfección y la felicidad. Si nos acostumbrarnos a considerar de este modo el gran deber de la Oración, lo cumpliremos sin esfuerzo, dulce y voluntariamente, no cual tarea de esclavo; pero también sin hacemos un juego de su desempeño, como cosa de mera rutina en que el corazón no toma parte. Es preciso no llegar nunca a Dios sin considerar interiormente su grandeza y nuestra pequeñez, su santidad y nuestra miseria, su misericordia y nuestra ingratitud, su amor para con los hombres y de qué manera le hemos correspond.do. Resultados de estas consideraciones serán, mediante la Divina Gracia, el religioso respeto, el saludable temor de su justicia, el dolor de nuestros pecados, el reconocimiento por sus beneficios, y la filial esperanza en obtener absolución y enmienda; con cuyas disposiciones nuestra oración no podrá menos de agradar al Altísimo, cualesquiera que sean las fórmulas que usemos. Después de la admirable Oración Dominical, que no puede compararse a otra alguna, la mejor será siempre la más sencilla y espontánea: pero como existen muchas personas , que aunque muy piadosas, carecen del hábito de hablar a Dios con esa libertad cordial; y como creemos que aun las más prácticas se pueden sentir a veces en la necesidad de recurrir a un formulario para expresar sus propios sentimientos, nos hemos decidido a publicar el presente libro, que solo fue escrito para nuestro uso particular, y en el cual se hallarán gran número de preces y de cánticos —frutos de necesidades y sentimientos instantáneos— que se hacían sin estudiadas combinaciones de frases; sin sujeción forzada a ninguna fórmula; pero tan ajenos, así lo creemos, a toda idea de originalidad innovadora, como a la costumbre desgraciada de una monótona rutina. Al resolvernos a que saliese a luz este Devocionario, que no era hasta hace poco sino una pequeña colección de nuestras personales inspiraciones, hemos procurado completarlo de manera que satisficiese al público; así no solo damos el debido espacio en él a las oraciones que nos han parecido mejores para durante la sagrada Misa, y puesto todos los oficios de la Semana Santa, etc., sino que también adoptamos con placer las devociones más populares en España , sin hacer en ellas otras correcciones que aquellas que la lógica, la gramática, el sentido común exigían como indispensables para que tuviesen cabida en una obra que, no por ser religiosa, podía emanciparse de todas las reglas literarias. Respecto al Rosario—rezo tan querido y practicado generalmente—nos lisonjea la esperanza de que merecerá aprobación de todos los devotos ilustrados, la idea que hemos tenido de fijar la atención en las consideraciones de los augustos misterios recordados en cada parto de dicho rezo, por medio de una breve exposición de los mismos; a fin de que asociadas en cierto modo la oración vocal y la mental, no se caiga fácilmente en las distracciones casi inevitables cuando se repite muchas veces una misma fórmula sabida de memoria. En las oraciones de ofrecimiento y súplica sustituidas a las que hallamos en otros Devocionarios que enseñan la manera de rezar el Rosario, sólo diremos que dejamos al buen juicio de los lectores el explicarse el por qué hicimos esa mudanza; que por otra parte nada altera la índole y forma de la popular Devoción dedicada a Ntra. Sra.
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