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Llegada de la Cámara al campamento de Bijagual (De En la manigua. Diario de mi cautiverio)

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Llegada de la Cámara al campamento de Bijagual (De En la manigua. Diario de mi cautiverio)

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Día 18 (de octubre de 1873)

No quedó un solo insurrecto que no fuese a vernos.

Nos dieron a medio día un buen agiaco (sic) con boniatos, calabaza y carne de caballo, y pasé el día entretenido en leer un manuscrito que me dejó Colomber (sic), que contenía la constitución de la que ellos llaman su República, su organización militar, y un apéndice, especie de código penal.

Poco antes de anochecer, nos condujeron, entre dos filas de mambises con los machetes desenvainados, a un rancho en que se hallaban reunidos Titá-Calvar, que es mulato, el coronel Cintra, negro y feo, el auditor de guerra Maceo, y todos los principales cabecillas. Solamente a Peñalver y a mí nos hicieron comparecer ante aquel tribunal o lo que fuera, y el carácter de formalidad con que pretendían revestir aquel acto, nos hizo sospechar un mal resultado.

Busqué con la vista el banquillo de los acusados, y no hallándolo, tomé asiento en el suelo, enfrente de mis jueces, o cosa así, porque no me parecía bien permanecer de pie cuando todos estaban sentados: no repararon, al parecer, en mi franqueza, y Peñalver me imitó.

El mayor general, a manera de exordio, dijo dirigiéndose a nosotros, con voz reposada, campanuda y con sus conatos de gravedad:

—Los llamamos a Vds. para hacerles algunas preguntas relativas a la situación, fuerza y estado de su ejército.

—Hacen Vds. mal —contestó Peñalver—, porque nosotros no contestaremos ninguna pregunta que pueda perjudicar a nuestra causa, y por consiguiente, nuestra honra.

Maceo, que era más sagaz que los otros, hizo seña a Titá-Calvar, y se apresuró a replicar:

—Como prisioneros nuestros que son ustedes, podemos obligarlos, si no de grado, por fuerza, a que nos contesten a todo, y no nos faltarían tormentos que aplicarles si se negasen a ello; pero nosotros sabemos tratar a los oficiales decentes, y no les preguntaremos nada que pueda comprometer su reputación.

Dicho esto, nos hizo una porción de insignificantes preguntas, y contestadas que fueron, me dijo con afectada indiferencia:

—¿De cuántos soldados veteranos cree V. que se compone el ejército español de Cuba?

Calculé que negarme a contestar equivalía a someterme al tormento, con que de un modo indirecto nos habían amenazado, y por otra parte, mi deber me exigía el sacrificio de arrostrar las consecuencias del silencio. En tal apuro probé a tomarlo a broma, por ver si de ese modo salía bien del compromiso.

—Nuestro ejército — contesté— debe constar, según mis cálculos, de doscientos a trescientos mil hombres veteranos.

—¿No le parecen a V. muchos?—, me dijo con incrédula sonrisa.

Mi contestación fue otra pregunta:

—¿Cuánta gente tienen Vds. en armas? — dije.

—¿Cuántos hombres nos calcula V?, —me replicó.

—De treinta a cuarenta mil —dije con seriedad.

—No, tantos, no —contestó él, creyendo cándidamente que yo hablaba en serio—, sólo tenemos veinte mil hombres.

—¿No le parecen a V. muchos? —interrogué con sorna, repitiendo la primera pregunta que él me había hecho.

Todos se rieron, excepto él, pero ya no hizo más preguntas.

El brigadier y ministro de Marina, Jesús Pérez, se rio escandalosamente, y dijo que con los andaluces no se podía hacer carrera, refiriéndonos a propósito un cuentecillo que no recuerdo, de un soldado andaluz que él había hecho prisionero.

Tomaron nota de nuestros nombres, del tiempo que habíamos servido en el ejército de la isla y de las funciones de guerra a que habíamos asistido, de las sostenidas contra los insurrectos: hecho esto, nos volvieron, no al mismo rancho, sino a otro que Flor Colomber (sic) había construido para sí, en el que nos acomodó, para vigilarnos más de cerca. El que nosotros habíamos ocupado la noche anterior, quedó sólo para los sargentos y demás prisioneros de la clase de tropa.

Antes del toque de silencio, llegó al campamento una partida que había salido a robar viandas al fuerte de Baire; traían los jolongos llenos de yuca agria, de la que comimos todos, produciendo un general dolor de estómago, del que nadie se libró, excepto yo. Los insurrectos decían, en vista de este prodigio, que mi estómago era más mambis (sic) que los de todos ellos.


Día 19 (de octubre)

Desde nuestra llegada al campamento, se estaba anunciando la venida de la Cámara, que por fin llegó.

Yo esperaba ver algo notable, y no me equivoqué. Notabilísimo fue lo que vi cuando a eso de la tres de la tarde, hizo la Cámara su entrada triunfal en el campamento.

Veinte o treinta negros, desarmados, desnudos, descalzos y con sombreros de yarey, venían los primeros, llevando cada uno a su espalda un gran jolongo, que habría sido blanco, pero que ahora se confundía en color con el cuerpo que los sustentaba. A esta lucida comitiva, seguía el presidente de la Cámara, que lo era Salvador Cisneros, ex-marqués de Santa Lucía, hombre alto, flaco y velludo, muy parecido al hidalgo manchego: oprimía los nada robustos lomos de un caballo de edad madura, cojo y con una oreja cortada. El traje de este padre de los padres de la manigüera patria, era seductor: pantalón corto, tan corto, que apenas le cubría medio muslo; se conocía que en sus buenos tiempos había sido largo, sólo que a consecuencia de sus dilatados servicios, había ido perdiendo, pedazo tras pedazo, todo lo que faltaba a sus perniles, para dejar a la vista de los amantes de lo bello las piernas de nuestro personaje, que si no eran bellas, eran, sí, velludas, y muy velludas. Un tosco gabán de pelo largo cubría su cuerpo, velludo también; pero no lo cubría completamente, pues ciertas roturas que lo adornaban, permitían admirar las formas de su dueño: la mayor parte de estas roturas, prestaban interinamente el servicio de bolsillos, y las ocupaban, un pedazo de periódico, un cigarro, medio plátano, un trozo de boniato y otras riquezas. Sombrero de yarey, cutaras de yagua, y una espuela, completaban el traje del marqués, cuyo caballo, galanamente enjaezado con media manta, refrenaba con una cuerda de majagua.

Tras el presidente iban los demás diputados, en número de nueve, unos a pie y otros a caballo, medio desnudos los más, mejor vestidos algunos, y todos desastrados.

No recuerdo los nombres de todos, pero citaré los de aquellos que, por haber tenido conmigo más roce, he podido conservar en la memoria.

Eduardo Machado

El secretario se llamaba Eduardo Machado: hijo de una de las principales familias de Villa Clara, se había criado en Europa, recorriéndola casi toda, y poseía seis o siete idiomas. Tal vez era el más instruido de todos los insurrectos, y sin duda alguna, uno de los de mejores sentimientos.

Tomás Estrada se llamaba otro diputado, también muy bueno: era casado y tenía una hija, que con su esposa estaba en los Estados Unidos: hablaba constantemente de ellas y parecía quererlas mucho.

Otro diputado que me fue también muy simpático, era García (no sé el nombre): había sido brigadier entre los insurrectos del Camagüey. Éste y Machado fueron los dos que más se reunían conmigo, y yo llegué a quererles muchísimo: creo que a ellos debo en gran parte mi salvación.

Betancourt y Trujillo, son los nombres de otros dos diputados que recuerdo. El primero, buen orador y muy satírico; el otro, educado en España, donde había concluido su carrera de abogado, no carecía de talento y agudeza, pero era muy malo. Jamás fue a vernos, y una vez que por casualidad me encontré con él... pero eso corresponde a otro día.

La Cámara se situó cerca del cuartel general, y allí construyeron sus ranchos. Todos, excepto Trujillo, se apresuraron a visitarnos, y nos trataron con mucha amabilidad. García me regaló medio periódico, para hacer con él cigarros, si encontraba tabaco; fue un regalo original, pero espléndido, si se atiende a la escasez de recursos.

En todo el día no dejaron de llegar al campamento, las diversas partidas que acudían a la reconcentración de fuerzas que se había ordenado, y observé que mi nombre era conocido de la mayor parte de los insurrectos. “¿Cuál es Rosal?”, preguntaban los cabecillas. “El más pequeño”, les contestaban; y en seguida se dirigían a mí, me saludaban y elogiaban mi conducta, celebrando la carta que yo había escrito por conducto de Mascías. A estas exageradas alabanzas, contestaba yo que sólo había cumplido con mi deber, y que cualquier otro español hubiera hecho lo mismo en igual caso.

El resto del día lo pasé bien y me creía casi feliz. Mis heridas estaban ya muy bien, no tenía hambre, y me veía atendido y considerado por mis mismos enemigos. ¿Qué otra cosa podía apetecer en aquellas circunstancias?

El campamento se fue ensanchando, para dar cabida en él a las partidas que llegaban, y no tardó en unirse, por una calle de ranchos, la parte que nosotros ocupábamos con la del cuartel general. Por la noche presentaba un aspecto poético; todos los ranchos estaban iluminados con velas de cera, la que abunda en el monte tanto, que nunca les falta, así como tampoco carecen de yesca y pedernal con que poder hacer fuego.

A nuestro rancho acudieron casi todos los cabecillas, y los diputados García y Machado, y nos hicieron la tertulia hasta muy avanzada la noche. Cuando quedamos solos con Colomber, se acostó éste en su hamaca, y Peñalver y yo lo hicimos en una barbacoa juntos. Pasamos bien la noche.

Nota de El Camagüey: Se ha modernizado la ortografía. Se han conservado las cursivas del original.
Tomado de En la manigua. Diario de mi cautiverio, seguido del folleto Los mambises. Segunda edición. Madrid. Imprenta del Indicador de los Caminos de Hierro, 1879, pp.137-144.

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