Soberbias: ésa es, creo, la palabra que mejor describe a las iglesias camagüeyanas. Y cuando es de noche y están iluminadas, el caminante no tiene palabras para explicar lo que siente. He visto a lugareños y visitantes caer rendidos ante la sobria belleza de nuestras plazas e iglesias.
Me veo a mí misma, regresando cualquier noche —antes de que las tinieblas se apoderaran del espacio urbano— fascinada por el reflejo de las luces en los adoquines de la Plaza del Carmen, por la manera en que La Soledad, cual dama pizpireta, se muestra, de a poquito, con erótica calma. O frente a La Merced, majestuosa. Y siempre he lamentado no vivir cerca de las plazas de San Juan de Dios o de La Caridad: el simple hecho de sentarse allí basta para aliviar el alma.
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