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Conferencia leída en el Círculo Deportivo de Camagüey (26 de marzo de 1936)

Conferencia leída en el Círculo Deportivo de Camagüey (26 de marzo de 1936)

Al lector

Habiendo ocurrido, según llegó a mi noticia, que en los exámenes de admisión de cierto establecimiento de segunda enseñanza de esta ciudad, un profesor preguntó al alumnado sobre el acontecimiento de Joaquín de Agüero y resultando que la casi totalidad de él ignoraba lo preguntado: unos llamaban a los catedráticos pasantes y con gran desazón e ingenuidad los interrogaban sobre el hecho, otros respondieron mal y los últimos, en fin, contestaban que no podían decir nada porque ese señor había hecho tan poco… como que es un deber de los que aman la cultura y el pasado glorioso de su tierra, levantar del olvido hechos tales en las generaciones que han tenido la desdicha de dejarlos caer en él, me propuse, al instante, hacer una lectura sobre nuestro mártir camagüeyano del 51.

Nada más a propósito me pareció, pues, que leer la biografía de éste, escrita en Nueva York en 1853, y publicada en el periódico La Verdad, de aquella metrópoli, por su autor, El Solitario, la cual, guardada cuidadosamente, religiosamente, en ruinosa copia manuscrita en el Museo Histórico de esta ciudad, a la sazón había sido puesta en mis manos por su fundadora y conservadora, la señorita Mariana Betancourt Garay.

La lectura de la biografía de Joaquín de Agüero fue realizada, bien que con muy poco éxito a los fines que me proponía, pues el público que acudió a oírla fue muy escaso, y la gente que se llama tradicional en mi tierra no concurrió en absoluto, debido seguramente a que el acto no se verificó en un centro aristocrático. Huelgan comentarios de mi parte…

Ahora, con el mismo objeto que hice la lectura, imprimo la biografía de Joaquín de Agüero y la doy a la publicidad.

Emilia Bernal
Camagüey, 1934

Intersección de las calles Avellaneda y San Esteban.
Cortesía de Pável Alberto García.


Señoras y señores:

No es ley esotérica que todo lo que viene de la vida, vida es, y que su desenvolvimiento y manifestaciones están sujetos a sus leyes generales. Así, nacer, perdurar, transformarse o morir. ¡Morir o transformarse! He aquí el dilema trágico de mi tierra natal.

Cuando los pueblos olvidan sus dioses lares y penates, sus dioses lares y penates les olvidan. Lo que se expresa mejor en esta frase: ¡Los genios vuelven la espalda a sus especies!

Plaza que debiera llamarse de la Avellaneda y que Camagüey, con inercia acusable y bochornosa, ha dejado convertir en zoco marroquí. Ya podéis olvidaros del nombre de Tula. Ya podéis llamarla para siempre zocodover.

Ríos cantados por ocho generaciones de camagüeyanos trovadores, por nuestros novecentistas ilustres, con un acento tan sensual y acariciador, convertidos en desagüe de cloacas cabe (sic) la ciudad, en pudridero de todo lo exonerable de la urbe. Los mosquitos que nacen en tus fuentes pestíferas nublan el aire de la ciudad entera.

Pueblo muladar y basurero, donde en cada calle estrecha o callejón hace almiares con la deyección urbana. Pueblo donde a los cuatro puntos cardinales, sin excepción, corren las acequias por los surcos de las calles, llevando en su agua de cocina, con los detritus de ella, toda casta de gérmenes dañinos.

Calles paseo de ratas enormes que muertas luego entre los caños infectan el aire familiar, o que eventradas en el medio de la vía por los vehículos transeúntes, enseñan sus vísceras sangrientas al pobre peatón.

Sólo de luego en luego alguna calle extramuro ofrece en un charco pútrido su flora de lirios morados. Morado, el color de las mujeres ya estériles, de los hombres monacales y de todo lo que ha perdido la fertilidad, simbolizando la absorción creadora de este hogar que fue avanzada del progreso cubano.

Pueblo que abandona en menos que en desván de a veinte y cinco céntimos, en un embudo sin salida, lo que debiera estar en estuche de filigrana y pedrería: nuestro Museo Histórico Regional.

Pueblo cuya generación flamante ignora sus héroes y sus mártires, que no sabe quién es Joaquín Agüero y que si lo sabe dice: ¡Pero, no podemos hablar de él porque no hizo nada ese señor…!

Pueblo que durante tantos de nuestros períodos congresistas no ha estado en Senado o Cámara una representación propia, sino de forasteros, cubanos sí, y valiosos también, algunas veces, pero hombres extraños, que han venido, huérfanos de popularidad acaso, y de poder quizá, huérfanos de esperanza de triunfo electoral en sus pueblos de origen, a acogerse en su orfandad de tantas cosas, bajo el ala de un partido político que les ofrezca las actas representativas de nuestra región para representarla tan vacíamente. Vacía, porque sin amor y sin interés por nuestra provincia y ciudad magna de Camagüey, la han abandonado a su lamentable incuria, sin obtener para ella ninguna de las ventajas, progresos y honores de que disfruta, preteriéndola, cualesquiera otra región cubana (sic).

Pueblo que ni para su propia cabeza tiene, alguna vez, un hijo suyo más o menos ilustre, más o menos capacitado que designar, o sí lo tiene no lo mira, y por triquiñuelas de barrio, añagazas de partido, politiquería perniciosa o trampa electoral, lleva a su alcaldía forasteros, como aquél , horro de tradición, hecho hombre público y de pro al amparo de la indulgencia camagüeyana, que al señorear en el poder se convierte en cabo de vara y expolia al amparo de la ley de leprosos de San Lázaro, a pesar de las súplicas de Padre Valencia. Y que con audacia punible, irreverencia plebeya, desprecio insultante, acomete contra nuestro mito poético, derribando las cuatro palmas del parque Agramonte, recuerdo inmarcesible de aquella cuadriga de vencedores del 51.

Pueblo que se queda quieto, pueblo que vive así, pueblo que no se defiende, no es pueblo. Es cosa muerta. Y, Camagüey delenda est!

¿Dónde está, pues, el Camagüey aquel de que, como Cervantes de Barcelona en el Persiles, dijo el gran Montoro: “Ciudad santa de nuestra patria; avanzada en el espíritu cubano; defensora y mártir de todas las decisiones; enérgica preceptora del porvenir; depósito del espíritu patrio inviolable y puro; libre por la altivez del carácter; libre por su culto incondicional a la justicia; libre por su soberano desprecio a la tiranía!” ¿Dónde, con éstos sus apestados ríos? ¿Quién reconoce aquel Camagüey que cantaba El Lugareño: “La ciudad de Puerto Príncipe, aislada entre el Tínima y el Jatibonico, parece caída del cielo, porque no se descubre en la tierra la huella por donde se pasase para edificarla aquí. Es un eslabón separado de los demás pueblos que la circundan. Todavía toca al viajero la margen de aquellos ríos sin que sospechar pueda que entre sus confluencias existe una ciudad, porque todo le llamará la atención, las silvestres clavellinas que se mecen y besan sus aguas, y las lianas y campanillas que trepan sus árboles y sirven de nido al arisco e indómito tocororo”?

¿Dónde está, pues, el Camagüey legendario de los cronicones, que decían: “En los primeros tiempos de la civilización fue la Isla de Cuba una inmensa hacienda de crianza, en épocas más recientes se realizó el cultivo del tabaco y se importaron el café y la caña y mientras las Cinco Villas, Oriente y Vuelta Abajo se cubrieron de ingenios, cafetales y vegas, el departamento del centro más conocido por su nombre indio de Camagüey, continuó siendo el gran potrero en que se abastecían todos los mercados de la isla. Región de vastísimas llanuras regadas por numerosos ríos y riachuelos, socavada por innúmeros manantiales, casi a flor de tierra, el Camagüey parecía preparado por la naturaleza para la crianza pecuaria. El exclusivismo de esta industria, practicada en la forma de los primitivos pueblos pastores, hasta principios de este siglo, contribuyó a aislar esta comarca de las demás circunvecinas. Permaneció estacionaria encerrada en sus fronteras, sin vínculos con el extranjero o con el vecino, conservando el carácter de los primeros colonos castellanos. Los parientes se unían entre sí como en los remotos días de sus fundadores, y esto con tal regularidad, que todavía en 1868 podía reconstruirse el árbol genealógico de casi todos los hijos del Camagüey, yendo a parar en su raíz y tronco a los famosos y opulentos compañeros del Adelantado Diego de Velázquez de Cuéllar y del conquistador Hernando de Soto. Gracias a esta costumbre patriarcal adquirió un tipo particular, con rasgos distintos, dentro del tipo general de la familia cubana. La cría del ganado daba empleo a pocos hombres y de aquí el escaso número de esclavos que hubo siempre en Camagüey, y que siendo las faenas menos rudas, aunque más en armonía con los hábitos del hombre salvaje, el amo fue menos y el esclavo menos cosa... ”

Enrique José Varona en su casa.

¿Dónde, aquella tierra que produjo siempre los primeros entre los primeros? Los primeros mártires, Agüero y Sánchez y Joaquín de Agüero; los primeros hombres civiles, Gaspar Betancourt Cisneros, Calixto Bernal y Soto, Francisco Agüero y Estrada; los primeros hombres de letras, la Avellaneda única, los primeros hombres de guerra, Ignacio Agramonte y Augusto Arango; y ya últimos vástagos de tan ilustre estirpe, Aurelia Castillo, y al primero, no entre los primeros, porque él fue solo, símbolo de una tierra ya acabada que se transforma en pensamiento y se convierte en hombre, al filósofo Enrique José.

Agüero y Sánchez, que epónimos y soñadores, con el fardo de su idealismo a cuestas, van de peregrinos revolucionarios por tierras y por mares, hasta dar con el Capitán del Siglo que los azuza a la rebelión y que con el entusiasmo de los rompedores de yugos arriban a la patria donde les espera muerte vil, ganando la inmortalidad en los suyos, la inmortalidad más perfumada de espíritu: el recuerdo. El recuerdo que a mí, como a todos, me los representa en su martirio. Yo no puedo por menos que ver y sentir cuando fino paso a través de nuestra mutilada Plaza Mayor, como cuelgan de la horca donde fueron, inmolados, sobre sus hombros nobles que ambicionaban el peso de la coyunda patria, sólo porque imaginaban tener fuerza en ellos para hacerla saltar astillada en millones de briznas, otro peso, el del verdugo que pateaba sobre sus pechos para astillarles en mil quejidos de agonía el corazón.

Joaquín, el hombre aquel de quien se cuenta: “Era un joven que bien hubiera podido servir para mostrar la viril apostura de un hijo del trópico. De su espaciosa y morena frente coronada de negra y ensortijada cabellera, destacaba una aguileña nariz; espeso bigote y ancha pera permitían ver sus labios agraciados, nunca conmovidos ni por la risa ni por la cólera. La expresión de aquel semblante se concentraba en los ojos grandes, velados por largas pestañas, negras como azabache, y a través de las cuales irradiaban las pupilas su penetrante luz, revelando el conjunto de su rostro la nobleza de su alma, la elevación de sus ideas y un fondo de amargura y desencanto que a la vez (pie inspiraba simpatía infundía respeto a todo el que lo trataba’’[1]. Ese Joaquín que sólo vivió para el bien y la libertad y que, al fin, no logrando en su delirio ciego de caballero cristiano hacerla lucir con el brillo de su aspiración perpetua, le ofreció su vida a la patria con la misma dulzura y sencillez con que un niño le ofrece a su madre una flor.

Gaspar Betancourt Cisneros, que. mentor de su pueblo no respira por guardar todo su aliento para acometer en la lucha; no escribe, sino pinta con su estilo noble o irónico la condición triste de su tierra; siembra porque se siembren las feraces llanuras de Camagüey para que la Agricultura nos haga más ricos; abona porque sus potreros se pueblen de la mejor casta de todos los animales de provecho; inventa vena de rieles que trae sangre de oro desde el mar del Norte al corazón de Cuba, Camagüey; sueña con arreglarle la población homogénea, bracea, tunde, hiende, todo en su afán de mejorar la condición de su pueblo y en el paroxismo del esfuerzo salta de tierra en tierra extraña hasta ir a dar a Colombia con empeño de libertad, y tete á tete con Bolívar le cuenta la angustia de Cuba para que él la venga a salvar.

Calixto Bernal y Soto, más pasivo, hombre manso, selecto de pensamientos y pluma, jamás de la turbulenta acción, que escribe y cincela tanto de arte y multitudes como de la Filosofía del Derecho y también del derecho que tienen los pueblos a la revolución; que forma en sus años de viejo probo y desengañado el espíritu político del batallador José Martí allá en la Metrópoli sorda; que publica en Madrid del periódico político La Reforma, donde despliega tanto mérito y saber tanto, que saca de ello el mote de Fundador de la Democracia en España; y que luchador civil en Juntas de Información, después de pergeñar nuestro mejor plan autonómico sólo merece de la Madre Patria el destierro, que va a cumplir a Ceuta a los setenta años, con la sonrisa en los labios, contento porque ha cumplido con su deber de servir a su país y con su empeño de redimir esclavos.

El Solitario, de quien no quiero hablar y del que dijo Martí en Hombres, cuando supo que levantó el vuelo: “Ahora muere en Puerto Príncipe El Solitario, que amó su tierra ardientemente. Ni huyó el cuerpo ni cedió la pluma. Si no tenía más que un amigo el defensor de la independencia de la patria, Francisco Agüero era el amigo. De cárceles y de peligros salía más fuerte y determinado que el nadador abajo de las olas. La edad le comió las carnes y le royó la pobreza los vestidos. De una tristísima soledad tenía llenos los ojos. Cayó en su patria como si cayera en tierra extraña...”

Salvador Cisneros Betancourt, Marqués de Santa Lucía, que, como Francisco Agüero Duque Estrada, amante de la democracia pura y deseoso de desterrar de su tierra todo recuerdo de los monárquicos privilegios y distinciones, se sacó el Marqués, con desprecio, como el otro se sacó el Duque, mas de la adversidad le vino que su gente no lo llamase sino el Marqués, nombre que barajaba indistintamente con el de El Gran Ciudadano. Tres veces presidente de la república insurrecta jamás descargó los tiros de su revólver contra el español, sino el golpe formidable de su honor, la catapulta de su patriotismo, que en la Cámara Constituyente aplastó a todos los cubanos juntos y al Norte dominador, devolviéndole en bandeja de oro la piojosa Enmienda Platt.

Avellaneda, que pone por encima de toda América, a la altura de los mejores de todas partes, la lengua que el conquistador nos enseñara, no para que dijésemos con ellas palabras de belleza y de amor, como hizo Tula, sino para que fundiésemos en su horno los epifonemas, resúmenes dolientes o trágicos, y las imprecaciones, arrancadas al dolor que nos causó.

¡Ignacio Agramonte!, el que a los diez años de edad, huido de la falda de su madre, corrió a empapar la punta de su pañuelo, juramento mudo, en la sangre que corría a torrentes por la herida del pecho de Joaquín de Agüero cuando cayó atravesado por cien balazos de odio, y que por el mismo modo, premio a sus heroísmos de hombre, España quemó. ¡Agramonte!, soldado incomparable; baluarte del honor; paladín de la hidalguía; columna de la fe patriótica; rey de la democracia; emperador de la dignidad humana dónde estás? ¿Dónde está tu sombra abochornada y triste que no osa venir a alzarse alentadora en la tierra donde naciste? Aventadas tus cenizas en el ámbito de tu pueblo el aire de tu pueblo debió promover desde entonces y para siempre a una emoción singular; el soplo de los pulmones de tu pueblo debió desde entonces y para siempre ser único. ¡Viento de huracán!, y ahora tu pueblo se ahoga falto de pulmones y el aire de tu pueblo hace yerto el respirar.

Augusto Arango, tres veces augusto, por bello, por héroe y por mártir. Guerrero sin par a los diez y ocho años, tus proezas y tus valentías son dulces, por lo trágicas, descontar. Tu alma de buena fe cayó en la celada del engaño, tu cuerpo noble y fuerte fue descuartizado y arrastrado por las calles de tu ciudad; las ventanas y las puertas cerradas; los niños gimiendo en los regazas de las madres; las madres levantando los brazos al ciclo, porque no había hombres; los hombres estaban en los campos haciendo la guerra.

Aurelia Castillo de González.

Aurelia Castillo, que era el talento equilibrado, el pensamiento filosófico, el buen gusto sin tacha, el sosiego, la paz. Fuera del círculo de los gestos últimos camagüeyanos, ella blanca, azul y dorada, era la majestad. Su obra más digna de arca griega que de altar romántico no tuvo sangre ni pus, tan humanos, sino fraganeia de jazmín y tersura de lirios. No hay palabra de quietud con que evocarla. Cuando se piensa en ella no dice nada la palabra serenidad.

Ahora pasa Varona, quien piensa y no cree en Dios, pero cree en el hombre y en su respeto y en el respeto a su dignidad, y cuando se siembra el suelo de Cuba de cadáveres y de sombras que piden justicia él tiene el valor de alzar el brazo y gritar pollice verso al diablo de la libertad.

¿Y tú Camagüey, cómo estás? Manco, tullido, asmático, la boca tuerta, la mirada tonta… esperando… esperando… esperando… sin un gesto de rebeldía… ¡Ciudad Prócer llamada, dónde estás…?

Así lucía la casa natal de Ignacio Agramonte en los años 20.
Cortesía de Pável Alberto García


Conferencia leída en el Círculo Deportivo de Camagüey la noche del 26 de marzo de 1934, precedida por unas palabras exaltatorias del lector, y anotada luego por el mismo, para su publicación.
Tomado de Francisco Agüero y Estrada (El Solitario): Biografía de Joaquín de Agüero. Anotada y publicada por Emilia Bernal. La Habana, Molina y Cía, 1935.

El Camagüey agradece a Ricardo Ferrer Aluija la posibilidad de publicar este texto.



Leído por María Antonia Borroto.
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