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Pérez Pérez y la joya olvidada del movimiento moderno

Pérez Pérez y la joya olvidada del movimiento moderno

En la esquina de la calle Rosario y el puente Caballero Rojo se encuentra un edificio que a simple vista pasa desapercibido por el transeúnte. Su volumetría compacta, pintada de un color verde poco favorecedor, se pierde dentro de una copiosa vegetación, hasta el punto de ser casi invisible. Sin embargo, muy pocos conocen, o recuerdan, que el mismo tuvo una fisonomía diferente, una imagen inicial singularmente llamativa que, sin dudas, lo hizo el más vanguardista de su tiempo en la ciudad.

Hablo del que fuese concebido para albergar al Colegio Provincial de Arquitectos, una obra arquitectónica materializada por la contribución de sus asociados, cuya gloria duró muy poco, pues su inauguración en 1959 coincidió con el inicio de la Revolución Cubana, convulsa etapa de cambios, incluida la desaparición de todos los colegios de profesionales. El inmueble perdió su función original de inmediato, y también su apariencia, con una trasformación enfocada en borrar su “individualidad”, toda huella “burguesa” que ya no tenía cabida en el nuevo sistema social.

Con el pasar de los años y los distintos cambios de uso, el desfigurado edificio quedó en el olvido, junto a su diseñador, el arquitecto Enrique Manuel Pérez Pérez, quien también sería el último presidente de este colegio. Conocido entre sus compañeros por su profesionalidad y su sencillez, fue uno de los profesionales que decidió permanecer en la isla a pesar el éxodo de aquellos que no seguían los cambios políticos y sociales experimentados en los años 1960.

Antiguo Colegio de Arquitectos, hoy oficinas de la Empresa Azucarera (Azcuba).
Diango Esquivel Andino (Foto tomada en 2021)


Tras el olvido y la falta de información documental, posteriormente se consideró al arquitecto Roberto Douglas Navarrete como el autor de esta obra, confusión posible porque su nombre aparece como firmante en las páginas del proyecto presentado para su construcción (1957), en calidad de presidente del colegio en esos momentos. Sin embargo, los contactos que he tenido con familiares y conocidos de Pérez Pérez, me han permitido devolverle su crédito como artífice conceptual del edificio. Esto no es difícil de comprender, pues si bien Douglas Navarrete fue uno de los profesionales más importantes de la primera etapa constructiva de la ciudad en el siglo XX, con ejemplos excepcionales en el repertorio Art Déco y neocolonial, sólo se conoce la sede del Camagüey Tennis Club, construido en los años cincuenta, como su obra relevante dentro del movimiento moderno. Por su parte, Pérez Pérez fue una de las figuras principales de la denominada “segunda modernidad” camagüeyana, con un amplio repertorio de características muy bien definidas que lo reafirman como el artífice del edificio sede del Colegio de Arquitectos.

Victor Mozo, quien fuese su yerno, cuenta: “En más de una ocasión ojeé en su casa las revistas especializadas que guardaba quizás de una época que para él fue dorada. Las fotos de las obras de esos dos grandes arquitectos de fama mundial [Le Corbusier y Frank Lloyd Wright] no faltaban”. Y estos referentes, sobre todo de los maestros europeos, se pueden encontrar en las obras de Pérez Pérez, donde se revela un estudiado trabajo de los códigos modernos con un interesante componente artístico en estrecho lazo con las vanguardias arquitectónicas del primer tercio del siglo XX; generalmente manifestado en el juego de volúmenes, o de líneas y planos a partir de los aleros, los vanos, los balcones, las áreas de enchape, entre otros recursos.

Todo esto se llevó a la máxima expresión en el edificio concebido para el colegio, cuyo diseño formal y espacial reflejaba la influencia directa del racionalismo primigenio mezclado con los códigos del International Style de los años cincuenta.

Edificio sede del Colegio Provincial de Arquitectos, en años cercanos a su inauguración.  
Imagen tomada del sitio web arquitecturacuba.com: https://www.arquitecturacuba.com/2018/03/colegio-provincial-de-arquitectos-en.html


Es evidente la presencia de los postulados puristas de la arquitectura de Le Corbusier en tres aspectos fundamentales. Primero, el juego volumétrico, mediante un prisma ortoédrico interactuando con una bóveda semicilíndrica ligeramente curvada. Segundo, la planta baja completamente libre que alzaba al cuerpo principal para brindarle un efecto de ligereza y permitir traspasar las visuales al entorno natural adyacente, a la vez que posibilitaba una distribución funcional flexible para ubicar establecimientos comerciales temporales que podían ser retirados en caso de crecidas del río. Por último, el interior, con locales que se organizaban dentro del volumen prismático para dividirse internamente en varias “partes funcionales”: oficinas en el piso principal; una zona de esparcimiento en el último nivel, con biblioteca, sala de recreo y bar; y en el extremo este, un espacio “vaciado”, donde se ubicaba el salón de actos.

El espacio de este salón constituyó el aporte estético-funcional más relevante del interior. Su doble puntal le otorgaba mayor jerarquía, y un mezzanine en el piso superior, además de servir de locación para un proyector cinematográfico, enfatizaba aún más el toque moderno, siguiendo el concepto lecorbuseriano de utilizar los componentes arquitectónicos con un fin expresivo; en lo que también jugaban su papel los altos ventanales que rodeaban las paredes este y norte, posición que garantizaba la óptima iluminación natural sin la sofocante incidencia del sol tropical en las horas de la tarde. En este salón se garantizó la independencia funcional al comunicarlo directamente con el vestíbulo de acceso a través de un corredor, para que así pudiese ser aprovechado en otras actividades ajenas al colegio.

Tampoco se puede ignorar la presencia del neoplasticismo. El exterior del volumen prismático principal fue “decorado” a partir del color: las vigas y columnas se exteriorizaron y se pintaron de gris oscuro para enmarcar el juego de “llenos y vacíos” creado por las ventanas y los muros de cierres con dos de sus caras pintadas en rosa y azul pastel, todo esto como un guiño a las composiciones “desfragmentadas” de colores “positivos y negativos” defendidas por el grupo holandés De Stijl. El juego de los elementos en fachada, a partir del movimiento de sus componentes constructivos o a modo de entrantes y salientes para lograr esos “llenos y vacíos”, constituyó uno de los recursos favoritos que Pérez Pérez utilizó para darle expresión a sus obras.

El Colegio Provincial de Arquitectos, fotografía tomada desde el puente Caballero Rojo.
Imagen tomada de https://www.arquitecturacuba.com/2018/03/colegio-provincial-de-arquitectos-en.html


Y para enfatizar aún más el sentido artístico de la función relacionada con el edificio, se incluyó un mural pictórico en la fachada principal, con formas del abstraccionismo geométrico que exponen el tema del universo atómico, tan de moda en la época por la influencia futurista y tecnológica de la Era Espacial, y que Pérez Pérez ya había probado discretamente en un bajorrelieve decorativo ubicado en una fachada lateral del dispensario de la Liga contra el Cáncer (1957).

Vista aérea de la ciudad de Camagüey. Abajo a la izquierda, se puede apreciar el Colegio de Arquitectos.
Imagen tomada de la presentación “El Camagüey que no conocimos” (2005), de Juan de las Cuevas Toraya y Florinda Loret de Mola Ramos.

Luego de conocer el maravilloso discurso expresivo y estético de su imagen original, es más lamentable enfrentarse a la fisonomía actual de este inmueble. Y ante tal asombro siempre viene a la mente la pregunta de quién cometió tal despiadada desfiguración, asunto del que se sabe muy poco.

Mediante entrevistas a arquitectos que vivieron en la ciudad durante esa época, se ha sabido que los trabajos de remodelación tuvieron lugar a comienzos de los años 1970, y también sale a relucir el nombre de Arnaldo Sicilia, arquitecto que en esa década estaba a cargo de las obras que pasaron a manos del gobierno, aunque no se ha encontrado documento alguno que lo ratifique como el encargado de dicha transformación.

Pese a todo, más que culpar a un arquitecto de tal atrocidad, prefiero pensar en las presiones a las que de seguro estuvo sometido en ese momento tan difícil, donde su profesión era símbolo de elitismo y ostentación, y su figura como profesional no era bien vista, pues se relacionaba directamente con los intereses de la clase pudiente.

Dibujo arquitectónico del último piso del colegio, 1957. Se puede observar la firma del arquitecto Roberto Douglas Navarrete en su calidad de presidente del Colegio en esos momentos.
Imagen cortesía del arquitecto José Antonio Pato Guevara, tomada del Archivo Histórico Provincial de Camagüey.

Al edificio se le realizaron varias modificaciones que atentaron contra su expresión formal y su funcionalidad. Las fachadas del volumen prismático fueron reorganizadas en nuevos elementos de poco interés visual que eliminaron el juego de vanos, columnas y vigas en el frente principal, y borraron para siempre el espectacular arreglo mural. En el interior, la espacialidad de sus locales originales se vio fragmentada en un cúmulo de oficinas y fue más significativa aun la pérdida del doble puntal del antiguo salón de actos, con un nuevo entrepiso que se expresó mediante un balcón en la fachada este. La escalera exterior, que actuaba además como elemento compositivo, fue removida y la muy provechosa y funcional planta baja fue cerrada, lo que interrumpió las visuales hacia el río que pasó a convertirse en un nuevo inconveniente con sus crecidas.

El resultado final no fue más que un despojo de todos sus valores arquitectónicos y artísticos, por lo que no cabe dudas que el objetivo de la intervención estuvo enfocado en borrar toda la espectacularidad del inmueble para volverlo insignificante ante los ojos de cualquier espectador. Con el tiempo se le fueron adicionando a nivel de terreno algunas construcciones anexas a la parte noreste sin ningún tipo de criterio estético, lo que acentuó la desfiguración de su volumetría primaria, con el consiguiente deterioro visual en torno al río. La joya moderna fue convertida en un adefesio volumétrico.

Aun así, no todo está perdido, pues su estructura principal se mantiene intacta y la composición original puede restituirse, considerando que lo agregado comprende locales adyacentes de un nulo valor arquitectónico o muros de cierre interiores que no cumplen función de soporte. Entonces, aunque los trabajos de rescate serían considerables y algunos elementos tendrían que ser reconstruidos —o reinterpretados—, no es descabellado pensar en una restauración, pues su excepcionalidad así lo amerita y requiere. Dicha tarea parece difícil, sobre todo porque aún persiste el desconocimiento acerca de sus notables aportes en la historia de la arquitectura local.

Es importante mencionar al grupo Docomomo-Camagüey como el principal promotor en su revaloración, con una constante investigación en torno al tema y la divulgación de sus cualidades mediante exposiciones, conferencias y trabajos académicos, dentro de los cuales estuvo la tutoría de la primera tesis de pregrado de la Universidad de Camagüey, en el año 2014, en la que se propuso un rescate mayormente volumétrico con rasgos más minimalistas debido a la escasa información visual que se tenía del inmueble en esos momentos.

Imagen exterior planteada en la tesis “Propuesta de ideas conceptuales para la rehabilitación y refuncionalización del Colegio de Arquitectos de Camagüey” (2014), del arquitecto José Antonio Pato Guevara, tutorada por el arquitecto Wilfredo Rodríguez Ramos, presidente del grupo Docomomo-Camagüey.


También han sido fundamentales las publicaciones realizadas en los últimos tiempos —principalmente de los familiares del arquitecto Pérez Pérez— de imágenes de época donde se puede apreciar la expresión formal inicial del antiguo colegio, lo que ha permitido una mejor visualización de las posibles directrices en el rescate de su esencia artística.

Aunque el camino en las acciones de restauración de este edificio parece muy largo, es importante continuar en el empeño de redimir su esplendor de antaño, para que en algún momento resurja como testigo de las ansias constantes de renovación de una ciudad que jamás se quedó en un pasado colonial, aunque muchos crean que así fue.

Vista frontal del Colegio de Arquitectos.
Imagen tomada de https://www.arquitecturacuba.com/2018/03/colegio-provincial-de-arquitectos-en.html



Leído por María Antonia Borroto.
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