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Marta cumple con un deber. El de beneficiar a la comunidad cuando se tienen sobrantes para ello.

Dicho esto así, parece que se amenguan los méritos de la filantrópica señora; pero no lo entiendo yo de ese modo. Tanto sería eso como aseverar que es cosa fácil el cumplimiento de un deber, y ya sabemos todos que es cadena muy pesada a veces. ¿Cuál es en efecto, el concepto del deber? Sujeción, esfuerzo, sacrificio quizás.

Requiere el especial de que ahora tratamos no escaso número de facultades. Inteligencia clara para comprenderlo, generosidad para determinarse, independencia de carácter para no adulterarlo, en la práctica merced a extrañas sugestiones, valor contrarrestar los obstáculos que surgen, perseverancia para no abandonar la senda emprendida, perspicacia que adivine las asechanzas de los explotadores, entereza para rechazarlas. Así, para cada orden de obligaciones se necesita un agregado tal de circunstancias en quien ha de llenarlas, que no es de extrañar el desgobierno en que anda todo lo humano, lo mismo los hogares que las naciones.

Admiremos, pues, a Marta Abreu de Estévez, aplaudámosla, enorgullezcámonos de que haya nacido en nuestro país, tan necesitado de ejemplos como el que ella da, congratulémonos de poseerla, erijámosle estatuas, porque ha sabido cumplir un gran deber cívico.

Y amémosla en lo interno de nuestros corazones porque ha hecho con destellos de alegría muchas frentes que se doblaron mustias por el pesar; porque siempre, al aspecto de la desgracia, bañan su dulce rostro lágrimas de ternura infinita; porque sus dádivas llegan siempre humedecidas con ese bálsamo de los desheredados. Y no hay más que las lágrimas para purificar de humillaciones la limosna.

Marta Abreu de Estévez repartiendo limosnas a los pobres de Santa Clara.

Tomado de El Fígaro, Año XI, Habana, Marzo 10 de 1895, Num.8, p.126.

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